La función de activación de la dopamina educativa es, quizás, la más artística de las responsabilidades docentes. Requiere conocer profundamente a cada alumno: sus motivaciones, sus miedos, sus puntos de quiebre y sus umbrales de superación. Requiere calibrar con precisión el nivel de desafío —ni tan fácil que aburra, ni tan difícil que paralice— para mantener al alumno en esa zona de flujo donde el aprendizaje profundo ocurre de manera casi inevitable. Esta maestría pedagógica es, paradójicamente, más necesaria en la era de la IA que en cualquier período anterior de la historia educativa.